
José Asunción Silva nació en Bogotá el 27 de noviembre de 1865. Cursó sus primeros estudios en una pequeña escuela de la ciudad, y posteriormente asistió al colegio de Luis María Cuervo, hermano del conocido filólogo Rufino José. Muy pronto dejó las aulas para ayudar a su padre en el almacén de artículos importados que éste poseía en la calle principal del comercio. A causa de ello, no tuvo Silva una formación académica completa, pero la suplió con la lectura voraz.
Creció en un ambiente de refinamiento, de cultivo de artes como la literatura y la música, pues su casa paterna era frecuentada por poetas y hombres de letras de la época. Su padre, Ricardo Silva, hizo parte del grupo de escritores de costumbres conocido como El Mosaico, y sus cuadros costumbristas fueron celebrados en su época. A los trece años de edad, Silva contaba ya con carácter y estilo poético perfilados. Fue el escritor un ser nostálgico, inclinado a la contemplación y a la introspección, con visión poética interior, dado al auto análisis y a la búsqueda de lo ausente.
En el medio social bogotano —moralista y nada dispuesto a disculpar excentricidades en la conducta de sus miembros—, la actitud exquisita y afectada del escritor no era bien vista. Son conocidos los motes de José Presunción y Casto José, con que lo distinguían sus contemporáneos. Su vestido exquisito, su gracia corporal y un aire de lejanía y distinción le proporcionaban un aura de ser etéreo, demasiado sublime para fraternizar calurosamente con sus semejantes. De todos modos, era de uso entre las gentes de pluma asumir actitudes y atuendos fuera de lo corriente, por lo general radicales y exaltadas las primeras, y vistosos y atildados los segundos. Todo esto importado de las conductas retadoras y extremistas de los "poetas malditos": vagabundos como Rimbaud o dipsómanos como Verlaine.
Esta actitud se acentuó después del viaje a Europa que hizo en 1884. Visitó Inglaterra y Suiza, y estableció residencia temporal en París, gracias a la invitación de su tío. Aunque para esa época contaba apenas con 18 años de edad, la madurez intelectual adquirida a edad temprana le sirvió para asimilar la literatura de la época y familiarizarse con el trabajo de poetas franceses como Mallarmé, Verlaine y Baudelaire.
Su poesía, en palabras del destacado poeta Jaime García Maffla, es "conciencia de la emoción, conciencia de lo existente con lo perdido, conciencia del ritmo del poema como efluvio del ritmo universal".
Silva forma parte de lo que se conoce como primera generación del modernismo hispanoamericano, movimiento que fue sinónimo de innovación, libertad y contemporaneidad, de búsqueda de esencias. Su vocación poética se manifiesta a temprana edad, pues se conocen poemas suyos fechados en 1875, año en que hace su primera comunión.
La importancia de Silva para la poesía radica en la orientación estética de su obra hacia el movimiento literario que se conoce como modernismo. En 1896, el mismo año en que muere Silva, el poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en Buenos Aires dos libros de importancia capital para el movimiento de renovación literaria que se cumplía en Hispanoamérica: Prosas profanas y Los raros. Estas obras marcan la renovación modernista, que indaga en aspectos de la escritura como la riqueza de vocabulario y la variedad de versos y estrofas; además de la búsqueda e incorporación de nuevas temáticas y objetos poéticos.
Las fuentes nutricias de Silva son identificables en el simbolismo francés y en la agrupación de artistas y estetas londinenses conocida como prerrafaelistas. Sobre la base de la asimilación de la obra de Bécquer y las lecturas de Leopardi y Poe, Silva reúne lo excelso del idealismo y del simbolismo francés: Verlaine, Baudelaire y Mallarmé son sintetizados por José Asunción en versos que cuestionan con angustia la insondable condición de la vida.
Exclusivamente como poeta, Silva aparece en el panorama de las letras colombianas como un fenómeno repentino, sin antecedentes conocidos en cuanto a sus peculiares condiciones de sensibilidad, pues es evidente que la poesía nacional que antecede inmediatamente a Silva había producido piezas supremas; pero el tono peculiar de éste no había sonado aún. Silva ha sido considerado por la crítica oficial como uno de los precursores del modernismo, y otros han afirmado que, siendo el último romántico, es el primer poeta modernista. Ambas afirmaciones pueden ser sostenidas. Es irrebatible que Silva adelanta en Colombia, para que la realicen más tarde otros poetas, la obra de renovación que adelantaron en sus países José Martí, Julián del Casal, Gutiérrez Nájera y otros.
Cabe anotar que Silva guarda más afinidad con el mexicano Nájera que con alguno de los otros poetas nombrados. Hay en Silva y Nájera la misma aristocrática elegancia, aun para tratar de la muerte; la insondable melancolía de algunas evocaciones e idéntico sentido del ritmo. Pero, en ocasiones, Silva es músico de las palabras, creador de melodías rápidas e intensas, de esas que se dan en el alma y nos acompañan para siempre, y son fuente inextinguible de evocaciones y sugerencias, como cuando se repiten inconscientemente algunos acordes de Chopin. En otras circunstancias, Silva es un poeta conceptual, como en aquellas poesías que tienen marcado sabor autobiográfico, tales como Día de difuntos, Don Juan de Covadonga y Psicopatía. Son éstos los poemas más densos y significativos de Silva, pues en ellos se revela la madurez del artista.
En 1889, a causa de la muerte de su padre, se encarga de los negocios familiares. Su padre había acumulado grandes pérdidas financieras en su almacén debido a la grave situación económica que atravesaba el país. A pesar de su inexperiencia comercial, Silva debe hacer frente a las finanzas familiares. Luchando desesperadamente para pagar las obligaciones contraídas con los numerosos acreedores de su padre, Silva inicia empresas novedosas, como el montaje de una fábrica para producir mosaico para pisos. Ninguna de las tentativas para solucionar el descalabro económico da resultado, y sus finanzas entran en barrena definitiva en 1891, tras la muerte de Elvira, la hermana que José Asunción amaba entrañablemente. Elvira fue el ser en que el poeta materializó sus anhelos de perfección, sus ansias de sublimidad; en Elvira representó el poeta los más altos conceptos estéticos de la idea romántica. Fue la musa inspiradora de Una noche, el poema más conocido de Silva.
Nunca pudo el poeta recuperar el equilibrio emocional después de la muerte de quien fuera el ser que más amó en su vida. En 1891 comienza la última etapa en la vida del poeta. Afrontando una grave situación económica, como recurso desesperado gestiona para sí el nombramiento en un cargo diplomático. Lo consigue y viaja a Caracas, Venezuela, para trabajar como secretario de la delegación colombiana en ese país. A su regreso a Colombia, en 1895, pierde gran parte de su obra, y, quizá, la más importante, en el naufragio del vapor Amérique. Se sabe que el poeta se vio obligado a nadar un largo trecho desde el lugar donde encalló la nave hasta la playa.
Perdió Silva en la catástrofe los originales de Los cuentos negros, Los poemas de la carne y Las almas muertas y su novela De sobremesa, obra que refleja el más exaltado intelectualismo de la época, la imagen de dandy escéptico y desencantado de las falsas promesas de la vida, que sólo encuentra en una atmósfera de desenfreno y exaltación intelectual rayana en el delirio, las únicas motivaciones para seguir existiendo.
Poseído por el desencanto, regresa el poeta a Bogotá, donde hace gestiones para conseguir un nuevo cargo diplomático; es nombrado cónsul en Guatemala, cargo que decide no aceptar. El 23 de mayo de 1896, fue hallado muerto en su cama. El día anterior, en visita profesional al médico Juan E. Manrique, se había hecho dibujar en el pecho por mano del galeno la forma y la posición del corazón, donde se disparó una bala.



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