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La Coctelera

La profunda enfermedad del alma echa carne. este espacio hace parte de poetas errantes

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Categoría: COLOMBIA

PORFIRIO BARBA JACOB

PORFIRIO BARBA JACOB
(1883 - 1942)

Porfirio Barba Jacob (seudónimo de Miguel Ángel Osorio Benítez) nació el 29 de julio de 1883 en Santa Rosa de Osos y murió tuberculoso en Ciudad de México, el 14 de enero de 1942. Hijo de Antonio María Osorio y Pastora Benítez, se crió con sus abuelos en Angostura y en 1895 inició su peregrinaje, que lo llevo por varias ciudades del país y, a partir de 1907, a Centroamérica y Estados Unidos.

Luego de fundar en Bogotá, hacía 1902, el periódico literario El Cancionero Antioqueño, que dirigió como Marín Jiménez, escribió la novela Virginia que nunca vio la luz pues los originales fueron incautados por el alcalde de Santa Rosa por 'inmoral'. En 1906-1907 en Barranquilla escribió sus primeros poemas que hicieron parte de Campiña Florida (1907) donde apareció su más conocido poema: Parábola de la vida profunda. Entonces adoptó el sobrenombre de Ricardo Arenales, que usó hasta 1922, cuando en Guatemala, lo cambió por Barba Jacob que conservó hasta su muerte.

Utilizó otros seudónimos: Juan Sin Miedo, Juan Sin Tierra, Juan Azteca, Junius Cálifax, Almafuerte, El Corresponsal Viajero y otros más. En Centroamérica, México y EU. colaboró en periódicos y revistas. Fue amigo de Porfirio Díaz, por lo que tuvo que huir a Guatemala de donde tuvo que salir en 1915 por desacuerdo con Manuel Estrada Cabrera. Viajó a Cuba.

En 1918 retornó a México y vivió en Ciudad Juárez, El Paso y San Antonio, donde se dice que escribió una perdida biografía de Pancho Villa. En 1922 fue expulsado por Obregón y tuvo que radicarse en Guatemala de donde fue sacado, en 1924, por el general Ubico. Se instaló en El Salvador y fue deportado por el presidente Quiñones. Vivió entonces como cura en Honduras, luego fue a Nueva Orleans y Cuba. En 1926 viajó a Lima. En 1927 regresó a Colombia; tras algunos recitales y trabajar en El Espectador, se marchó para no volver. Vivió nuevamente en Cuba, en donde conoció a Federico García Lorca. En 1930 se radicó definitivamente en México.

30, jun | 3 comentarios Posteado por: autoresytragedias En: COLOMBIA compártelo

ANDRES CAICEDO


Luis Andrés Caicedo Estela (29 de septiembre de 1951 - 4 de marzo de
1977) fue un escritor colombiano nacido en Cali, ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida.
En 1964, cuando entró a cursar tercer grado, escribió su primer cuento, El Silencio. Desde ese momento, Caicedo continuó escribiendo cuentos cortos y piezas teatrales, y comenzó a escribir su primeras novelas.
En 1973, Caicedo viajó a los EEUU, donde iniciaría la que se considera su mejor novela: ¡Que viva la música! y la redacción de Pronto, memorias de una cinesífiles. En 1974 escribió el cuento corto Maternidad, que él mismo consideraba su obra maestra. En el mismo año, publicó la primera edición de la revista "Ojo al cine". En 1975 la versión final de ¡Que viva la música! quedaba lista, y Caicedo la entregaría a Colcultura para ser publicada.
En 1976 la casa editora Crisis, de Buenos Aires, compró los derechos de impresión de ¡Que viva la música!. Caicedo intentaría por primera vez suicidarse ese año. Cuando tenía tan sólo 25 años, el 4 de marzo de 1977, Andrés Caicedo muere de una sobredosis al ingerir intencionalmente 60 pastillas de Seconal, según él, porque "vivir más de veinticinco años era una insensatez". Fue parte del llamado grupo de Cali que también integraban Carlos Mayolo, Luis Ospina y Sandro Romero, todos ellos aficionados al cine.
Sus obras literarias reflejan la violencia y los grandes problemas de los jóvenes viviendo en una gran ciudad como su natal Cali, tales como las drogas, el alcohol, y la locura. Además, en sus obras se pueden dilucidar influencias literarias de Edgar Allan Poe y Howard Phillips Lovecraft además de su obsesión por el cine y la música. Caicedo era un gran aficionado tanto de la música salsa como de los Rolling Stones. Varios de sus cuentos, entre ellos 'El atravesado, En las garras del crimen y El pretendiente llevan como epígrafe una línea de la banda.
Andrés Caicedo se suicidó en Cali a los 25 años, con una fuerte dosis de Seconal inmediatamente después de recibir el primer original de la novela autobiográfica ¡Que viva la música!; Caicedo consideraba que debía dejar el mundo antes de pasar los veinticinco años, pero habiendo dejado una prueba de su existencia, como su forma de trascender.
A pesar de su temprana muerte, Caicedo dejó un gran legado a la literatura colombiana, el cual se puede ver reflejado en la obra de autores como Manuel Giraldo 'Magil', Octavio Escobar Giraldo, Rafael Chaparro Madiedo y más recientemente Efraím Medina y Ricardo Abdahllah. El grupo de teatro Matacandelas de Medellín ha presentado durante años la obra Angelitos Empantanados, basada en los cuentos homónimos del escritor.
Sus trabajos la mayoría reflejan la realidad que él mismo vivía en su época y sobre todo la realidad de su ciudad, Cali. En sus obras mezclando esta realidad con propias divagaciones filosófica y existenciales se mezclan temas como la violencia, la droga, los amigos y el amor. Andres Caicedo fue una persona que inspira amor hacia sus lectores, ya que escribe tan nostalgicas y hermosas novelas, cuyos temas son principalmente su amor hacia una mujer. Los relatos de sus libros, toman situaciones y experiencias de su vida, agregando un poco de ficcion, tales como el personaje de angela, que en realidad fue el amor de su vida a pesar de todo lo que pasaron.

8, may | sin comentarios Posteado por: autoresytragedias En: COLOMBIA compártelo

José Asunción Silva 1865-1896


José Asunción Silva nació en Bogotá el 27 de noviembre de 1865. Cursó sus primeros estudios en una pequeña escuela de la ciudad, y posteriormente asistió al colegio de Luis María Cuervo, hermano del conocido filólogo Rufino José. Muy pronto dejó las aulas para ayudar a su padre en el almacén de artículos importados que éste poseía en la calle principal del comercio. A causa de ello, no tuvo Silva una formación académica completa, pero la suplió con la lectura voraz.

Creció en un ambiente de refinamiento, de cultivo de artes como la literatura y la música, pues su casa paterna era frecuentada por poetas y hombres de letras de la época. Su padre, Ricardo Silva, hizo parte del grupo de escritores de costumbres conocido como El Mosaico, y sus cuadros costumbristas fueron celebrados en su época. A los trece años de edad, Silva contaba ya con carácter y estilo poético perfilados. Fue el escritor un ser nostálgico, inclinado a la contemplación y a la introspección, con visión poética interior, dado al auto análisis y a la búsqueda de lo ausente.

En el medio social bogotano —moralista y nada dispuesto a disculpar excentricidades en la conducta de sus miembros—, la actitud exquisita y afectada del escritor no era bien vista. Son conocidos los motes de José Presunción y Casto José, con que lo distinguían sus contemporáneos. Su vestido exquisito, su gracia corporal y un aire de lejanía y distinción le proporcionaban un aura de ser etéreo, demasiado sublime para fraternizar calurosamente con sus semejantes. De todos modos, era de uso entre las gentes de pluma asumir actitudes y atuendos fuera de lo corriente, por lo general radicales y exaltadas las primeras, y vistosos y atildados los segundos. Todo esto importado de las conductas retadoras y extremistas de los "poetas malditos": vagabundos como Rimbaud o dipsómanos como Verlaine.

Esta actitud se acentuó después del viaje a Europa que hizo en 1884. Visitó Inglaterra y Suiza, y estableció residencia temporal en París, gracias a la invitación de su tío. Aunque para esa época contaba apenas con 18 años de edad, la madurez intelectual adquirida a edad temprana le sirvió para asimilar la literatura de la época y familiarizarse con el trabajo de poetas franceses como Mallarmé, Verlaine y Baudelaire.

Su poesía, en palabras del destacado poeta Jaime García Maffla, es "conciencia de la emoción, conciencia de lo existente con lo perdido, conciencia del ritmo del poema como efluvio del ritmo universal".

Silva forma parte de lo que se conoce como primera generación del modernismo hispanoamericano, movimiento que fue sinónimo de innovación, libertad y contemporaneidad, de búsqueda de esencias. Su vocación poética se manifiesta a temprana edad, pues se conocen poemas suyos fechados en 1875, año en que hace su primera comunión.

La importancia de Silva para la poesía radica en la orientación estética de su obra hacia el movimiento literario que se conoce como modernismo. En 1896, el mismo año en que muere Silva, el poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en Buenos Aires dos libros de importancia capital para el movimiento de renovación literaria que se cumplía en Hispanoamérica: Prosas profanas y Los raros. Estas obras marcan la renovación modernista, que indaga en aspectos de la escritura como la riqueza de vocabulario y la variedad de versos y estrofas; además de la búsqueda e incorporación de nuevas temáticas y objetos poéticos.

Las fuentes nutricias de Silva son identificables en el simbolismo francés y en la agrupación de artistas y estetas londinenses conocida como prerrafaelistas. Sobre la base de la asimilación de la obra de Bécquer y las lecturas de Leopardi y Poe, Silva reúne lo excelso del idealismo y del simbolismo francés: Verlaine, Baudelaire y Mallarmé son sintetizados por José Asunción en versos que cuestionan con angustia la insondable condición de la vida.

Exclusivamente como poeta, Silva aparece en el panorama de las letras colombianas como un fenómeno repentino, sin antecedentes conocidos en cuanto a sus peculiares condiciones de sensibilidad, pues es evidente que la poesía nacional que antecede inmediatamente a Silva había producido piezas supremas; pero el tono peculiar de éste no había sonado aún. Silva ha sido considerado por la crítica oficial como uno de los precursores del modernismo, y otros han afirmado que, siendo el último romántico, es el primer poeta modernista. Ambas afirmaciones pueden ser sostenidas. Es irrebatible que Silva adelanta en Colombia, para que la realicen más tarde otros poetas, la obra de renovación que adelantaron en sus países José Martí, Julián del Casal, Gutiérrez Nájera y otros.

Cabe anotar que Silva guarda más afinidad con el mexicano Nájera que con alguno de los otros poetas nombrados. Hay en Silva y Nájera la misma aristocrática elegancia, aun para tratar de la muerte; la insondable melancolía de algunas evocaciones e idéntico sentido del ritmo. Pero, en ocasiones, Silva es músico de las palabras, creador de melodías rápidas e intensas, de esas que se dan en el alma y nos acompañan para siempre, y son fuente inextinguible de evocaciones y sugerencias, como cuando se repiten inconscientemente algunos acordes de Chopin. En otras circunstancias, Silva es un poeta conceptual, como en aquellas poesías que tienen marcado sabor autobiográfico, tales como Día de difuntos, Don Juan de Covadonga y Psicopatía. Son éstos los poemas más densos y significativos de Silva, pues en ellos se revela la madurez del artista.

En 1889, a causa de la muerte de su padre, se encarga de los negocios familiares. Su padre había acumulado grandes pérdidas financieras en su almacén debido a la grave situación económica que atravesaba el país. A pesar de su inexperiencia comercial, Silva debe hacer frente a las finanzas familiares. Luchando desesperadamente para pagar las obligaciones contraídas con los numerosos acreedores de su padre, Silva inicia empresas novedosas, como el montaje de una fábrica para producir mosaico para pisos. Ninguna de las tentativas para solucionar el descalabro económico da resultado, y sus finanzas entran en barrena definitiva en 1891, tras la muerte de Elvira, la hermana que José Asunción amaba entrañablemente. Elvira fue el ser en que el poeta materializó sus anhelos de perfección, sus ansias de sublimidad; en Elvira representó el poeta los más altos conceptos estéticos de la idea romántica. Fue la musa inspiradora de Una noche, el poema más conocido de Silva.

Nunca pudo el poeta recuperar el equilibrio emocional después de la muerte de quien fuera el ser que más amó en su vida. En 1891 comienza la última etapa en la vida del poeta. Afrontando una grave situación económica, como recurso desesperado gestiona para sí el nombramiento en un cargo diplomático. Lo consigue y viaja a Caracas, Venezuela, para trabajar como secretario de la delegación colombiana en ese país. A su regreso a Colombia, en 1895, pierde gran parte de su obra, y, quizá, la más importante, en el naufragio del vapor Amérique. Se sabe que el poeta se vio obligado a nadar un largo trecho desde el lugar donde encalló la nave hasta la playa.

Perdió Silva en la catástrofe los originales de Los cuentos negros, Los poemas de la carne y Las almas muertas y su novela De sobremesa, obra que refleja el más exaltado intelectualismo de la época, la imagen de dandy escéptico y desencantado de las falsas promesas de la vida, que sólo encuentra en una atmósfera de desenfreno y exaltación intelectual rayana en el delirio, las únicas motivaciones para seguir existiendo.

Poseído por el desencanto, regresa el poeta a Bogotá, donde hace gestiones para conseguir un nuevo cargo diplomático; es nombrado cónsul en Guatemala, cargo que decide no aceptar. El 23 de mayo de 1896, fue hallado muerto en su cama. El día anterior, en visita profesional al médico Juan E. Manrique, se había hecho dibujar en el pecho por mano del galeno la forma y la posición del corazón, donde se disparó una bala.

20, sep | sin comentarios Posteado por: autoresytragedias En: COLOMBIA compártelo

Julio Flórez


Poeta boyacense (Chiquinquirá, mayo 22 de 1867 - Usiacurí, Atlántico, febrero 7 de 1923). Julio Flórez fue el séptimo de los diez hijos del médico liberal Policarpo María Flórez, presidente del Estado Soberano de Boyacá en 1871, y de Dolores Roa de Flórez, dama perteneciente al partido conservador colombiano. Educado bajo estricto control religioso en los colegios de Chiquinquirá, nacionalmente conocida como la Villa de los Milagros, y sede de la Orden Dominicana de sacerdotes católicos que administran la fe de los creyentes en el poder sobrenatural de la Virgen del Rosario, llamada la Patrona de Colombia, Julio Flórez recibió el don de la poesía, al igual que sus hermanos, entre los que se destacaron el médico Manuel de Jesús, el abogado Leonidas y el ingeniero Alejandro A. Flórez. A los 7 años escribió sus primeros versos conocidos. Durante 1879 y 1880 continuó sus estudios en el Colegio Oficial de Vélez, donde su padre era rector. En 1881 la familia se trasladó a Bogotá, donde el padre se desempeñó como representante a la Cámara por Boyacá; Julio entró a estudiar literatura en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y Alejandro A. fue a la Escuela Superior de Ingeniería Civil y Militar, donde cinco años más tarde se graduó como ingeniero. Las guerras civiles que azotaban el país desde los comienzos de la república, incidieron directamente en la población colombiana, afectando su estabilidad socio-económica y malogrando las probabilidades de educación. Julio Flórez tuvo que interrumpir sus estudios por esta causa y, dada la condición bohemia de su carácter, nunca retomó la senda académica, no conoció ninguna lengua extranjera y el estudio de los clásicos fue insuficiente como para medirse con algunos de sus contemporáneos que, con mejores oportunidades o mayores intereses culturales, lograron coronar una carrera profesional o, al menos, alcanzar un nivel de educación aceptable para las exigencias capitalinas. En cambio, comenzó a frecuentar los ambientes literarios donde entabló relaciones con personas de gran valor artístico y humano, como el poeta Candelario Obeso, quien no solamente recibió el rechazo general por su raza, sino también por refutar los cánones de vida ordenada impuestos por la Iglesia y la sociedad bogotana.

A partir de 1882 Flórez abandonó la casa paterna y pasó a compartir el hogar (y la excelente biblioteca) de su hermano Leonidas, al lado de sus sobrinos Esther y Leonidas Flórez Alvarez. Pero en 1883 la carrera fulgurante de este hombre público (abogado, cónsul y escritor) fue cortada trágicamente durante los disturbios políticos originados por la pugna de los tres candidatos a la Presidencia de la República (Rafael Núñez, José Eusebio Otálora y Solón Wilches), cuando Leonidas fue herido en un mitín armado que se presentó en la Plaza de Bolívar, a causa de cuyas secuelas moriría psicológicamente destruido cuatro años después. En 1884 Candelario Obeso se suicidó y en su sepelio el joven Julio Flórez, de 17 años, exaltó su memoria en versos emocionados. Esta primera irrupción en la tribuna pública marcó el principio de su carrera. En 1886 su nombre apareció entre los bardos consagrados en la antología poética La Lira Nueva, publicada por José María Rivas Groot. A partir de 1887 y tras la muerte de Leonidas, Julio Flórez dejó la casa fraterna y comenzó una vida independiente, sosteniéndose con el producto de su actividad artística, que en Colombia ha sido siempre mal reputada y peor remunerada. Así, atravesó una larga etapa de «hambres de poeta», como él la describiría posteriormente. Su gran orgullo político no le permitió claudicar de sus convicciones liberales para aceptar posiciones ofrecidas por el gobierno conservador, como un puesto en la Biblioteca Nacional o un consulado en el exterior. La racha de infortunios familiares continuó con la tragedia protagonizada por su hermano Alejandro A. en 1891. En 1892 murió el padre, en medio de hondas amarguras personales y de decepciones políticas producidas por el desastre que, según el partido liberal, significaba el gobierno de la Regeneración. De sus amores juveniles sólo quedan ligeras referencias en su biografía, contadas por su sobrino Leonidas Flórez y por él mismo, en reportaje que le hiciera en Panamá Luis Enrique Osorio, en 1922. Flórez fue un hombre de gran éxito con las mujeres, quienes lo adoraron y muchas estuvieron dispuestas a entregar hasta su honor con tal de conseguir su amor. Pero por la índole incorruptible de su educación católica, parece que tuvo conflictos para deslindar los conceptos de amor carnal versus amor platónico, y las relaciones que sostuvo durante sus 42 años de vida, antes de conocer a su esposa Petrona Moreno Nieto, revistieron siempre un carácter pasajero. El erotismo es uno de los rasgos más marcados de su poesía y la mórbida sensualidad de sus rimas sirvió muchas veces como piedra de escándalo para sus seguidores. Hoy ésta misma se ha convertido en la mayor fuente de sus éxitos.

En 1883 Flórez publicó su primer libro de poesía, Horas, cuyo título le sugirió José Asunción Silva. Flórez comprendió bien el espíritu de su amigo y su rechazo al ambiente bogotano, que le fuera tan hostil a quien algunos apodaban "José Presunción Silva". Cuando se suicidó Silva, en 1896, Flórez declamó en sus funerales una elegía que fue condenada como blasfémica por el obispo de Bogotá, quien propinó al poeta una seria amonestación al respecto. Su fama como trovador y personaje romántico seguía creciendo. En 1895 ya había logrado superar las dos grandes desventajas del hombre colombiano: el ser provinciano y el ser pobre. Su valor personal y su arte lo habían colocado muy alto en el panorama cultural, los críticos locales más exigentes se ocupaban de su obra, su presencia era solicitada en los círculos exclusivos de la sociedad capitalina. Las damas suspiraban o se sonrojaban a su paso, los jóvenes lo envidiaban y los escritores nóveles viajaban a Bogotá con la ilusión de conocer «al Divino Flórez», como lo llamaría «su amigo y admirador Guillermo Valencia» al dedicarle su libro Cigüeñas blancas, o escucharlo cantar (acompañado de su guitarra o al piano por su amigo el maestro Emilio Murillo), la famosa canción "Mis flores negras", cuya paternidad musical ha sido tan discutida, no así la de su texto, que ha quedado consagrado como suyo. Flórez se había convertido en el bardo de moda, amado por el pueblo porque sabía pulsar la fibra de los sentimientos de su raza. Sin embargo, su falta de cuidado y su generosidad en la entrega de sus producciones repentinas, a «tipleros y serenateros», originó que muchos poemas no terminados ni corregidos ni pulidos fueran publicados sin su permiso y siguieran circulando, lo que ocasionó un menoscabo en el nivel de calidad de su obra. Sobre este tema el severo crítico Maximiliano Grillo dijo, en 1895: «Admiramos en Flórez el poeta natural que hace estrofas armoniosas, de contornos puros, compuestas no al calor de una inspiración desordenada, sino en horas de recogimiento, cuando parece olvidarse del aplauso pasajero». Flórez también se ocupaba de los destinos del partido y blandía su pluma para participar en las luchas liberales con que la oposición intentaba rescatar un poder que permanecería perdido durante 43 años. Flórez llegó a convertirse en el poeta de los soldados en el frente e «hizo sonar siempre las cuerdas de su lira en favor de las más nobles causas políticas y sociales», según conceptos del general Rafael Uribe Uribe, cuando en 1912 le agradeció su libro de lírica heroica, Flecha roja. Pero su poesía comprometida hizo que fuera perseguido y reducido a prisión en varias ocasiones.

En medio de guerras, penurias y amordazamiento de la censura, los colombianos reaccionaban reuniéndose en cofradías o hermandades pacíficas de tipo cultural que los protegían de la aridez del presente. En compañía de seis amigos, Flórez fundó la Gruta Simbólica, comentada tertulia literaria de 70 miembros, que permaneció vigente desde fines de 1900 hasta fines de 1903, bajo la capitanía intelectual de Flórez. La inseguridad, la tensión sostenida entre las fuerzas políticas, religiosas y socioecónómicas del país, valió para que los artistas de la época, a semejanza de los poetas malditos franceses de fines del siglo XIX, frecuentaran la bohemia y en ocasiones cayeran en vicios que les atrajeron el rechazo de la sociedad o el anatema del clero. Flórez fue señalado como sacrílego, blasfemo y apóstata. Estando en el punto culminante de su carrera literaria, subió al poder, en 1904, el caudillo militar general Rafael Reyes, quien ante la ola de murmullos en su contra, le "aconsejó" abandonar el país. En 1905 Flórez tuvo que salir de Bogotá, ciudad amada y cantada en sus más hermosas rimas. Se dirigió a la Costa Atlántica, luego a Caracas, y de allí inició una gira poética por los países centroamericanos que se prolongó por dos años (1906-1907), en medio del clamor general de sus éxitos, hasta que, estando en México y dispuesto a regresar a Colombia, el general Reyes lo nombró segundo secretario de la Legación de Colombia en España, hacia donde partió en agosto de 1907. Sus pensamientos o experiencias en España y Francia (donde fue invitado a recitar en la Embajada de Colombia en París, con ocasión de la celebración de la fiesta nacional en 1908) no dejaron ningún rastro en su lírica. Su libro Cardos y Lirios, así como su ovacionado poema "La Araña", obtuvieron publicación en 1905 en Venezuela. Manojo de zarzas y Cesta de lotos fueron editados en 1906 en San Salvador, Fronda lírica, en Madrid en 1908, y Gotas de ajenjo, en Barcelona en 1909. Su actitud general en Europa fue discreta y amable. Conoció a personalidades literarias españolas y latinoamericanas como Emilia Pardo Bazán, Francisco Villaespesa, Rubén Darío, José Santos Chocano, José María Vargas Vila y Amado Nervo. Y aunque sus tendencias románticas lo colocaban en la retaguardia del modernismo en boga, su poesía y personalidad fueron acogidas con simpatía por los escritores de la Generación del 98. Pero para sus admiradores y amigos colombianos, Flórez era ahora totalmente distinto a aquel bohemio eufórico de las épocas de la Gruta Simbólica, se presentía cansado de la vida y desilusionado de los hombres y de las cosas.

En febrero de 1909 Flórez regresó a Colombia, a la que saludó en un recital en Barranquilla, y luego desapareció sin dejar rastro alguno. Los periodistas indagaron su paradero, pero nadie sabía que se había retirado al balneario de Usiacurí a tomar una cura de sus aguas medicinales. En ese primitivo pueblo se enamoró de una colegiala de 14 años de edad, Petrona, con quien comenzó un verdadero e inmortal idilio. Pero los compromisos adquiridos a su regreso de Europa lo obligaron a regresar a la capital, después de cinco años en el extranjero. Allí se presentó en una función de bienvenida en el Teatro Colón, durante las celebraciones del primer centenario de la Independencia de Colombia (1910). Fue acogido calurosamente por la crítica y volvió a obtener un grandioso éxito con su público de todas las categorías. Inmediatamente después de esta presentación, Flórez se ausentó de la capital, a la que regresó en muy contadas ocasiones para ofrecer recitales poéticos, del mismo modo como lo hizo a nivel nacional y, más frecuentemente, en la vecina ciudad de Barranquilla, donde en 1917 se editó De pie los muertos, recopilación de sus versos alusivos a la primera Guerra Mundial, que recitó en el Teatro Cisneros. En 1922 publicó allí mismo la segunda edición de su libro Fronda lírica, última obra publicada en vida, ya que Oro y ébano apareció como edición póstuma, en 1943. En la aldea de Usiacurí llevó una vida de hogar tranquila y ordenada, al lado de su esposa y sus cinco niños: Cielo, León Julio, Divina, Lira y Hugo Flórez Moreno. Para el mantenimiento de la familia, para ganar «el maldito pan», se dedicó a labores agrícolas y ganaderas en pequeña escala, que fueron reputadas como de «burguesas» por algún escritor parnasiano contemporáneo suyo, con gran molestia de su parte. Su poesía adquirió rasgos de reflexión e interiorización, según el parecer de algunos de sus críticos, aunque en el panorama total de su producción literaria se encuentran diseminados algunos poemas de contenido filosófico, como es el caso de "Resurrecciones" y "Todo nos llega tarde".

Rápidamente su salud se fue quebrantando y en el término de dos años una rebelde enfermedad le deformó el rostro, sin que fuera efectivo ningún auxilio médico prestado en Barranquilla, Bogotá o Panamá, sobre cuyo diagnóstico no ha habido ninguna certeza, pero que podría tener rasgos de un cáncer o melanoma maligno que le afectó la parótida izquierda y le dificultó el habla. Quizás los últimos cuatro meses de su vida fueron los más dramáticos. El partido conservador tomó nuevos bríos con la elección del general Pedro Nel Ospina. La Iglesia redobló las presiones ejercidas sobre el hombre debilitado por la enfermedad, encaminadas a que retomara su religión perdida, regresara a los sacramentos y contrajera matrimonio católico con su esposa, requisito sin el cual los hijos habidos de esa unión civil no eran aceptados como sus herederos legítimos, según lo estipulado en el Concordato que regía en Colombia desde 1887. En noviembre de 1922 Flórez accedió a confesarse, comulgar, contraer matrimonio católico con Petrona y bautizar a sus hijos. Ante semejante milagro, la sociedad se conmovió y en Barranquilla promovieron la coronación de Julio Flórez como poeta nacional, acto al cual accedió gustoso el gobierno del general Ospina. Pero dada la precaria salud del enfermo, esta ceremonia no se pudo realizar ni en Bogotá ni en Barranquilla, sino en Usiacurí, a donde se movilizaron altas personalidades del gobierno, la sociedad y la cultura en 163 automóviles, a los que se unieron una multitud de campesinos, trabajadores y estudiantes que querían presenciar el acto. Así, el 14 de enero de 1923, al borde del sepulcro, Julio Flórez obtuvo un honor retrasado por treinta años. Pocos días después de esta forzada ceremonia, el poeta del pueblo colombiano murió rodeado de sus familiares y amigos, el 7 de febrero. Julio Flórez ha pasado a la historia como un bardo popular, que supo interpretar los amores y los dolores de la raza colombiana bajo temas. absolutos como la naturaleza, la madre, la patria, la amada y la muerte. Su fama como «el último becqueriano», según palabras de Max Henríquez Ureña, ha desbordado las fronteras nacionales.

20, sep | 1 comentario Posteado por: autoresytragedias En: COLOMBIA compártelo